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RESEÑAS

NO LE BUSQUES CINCO PIES A UN VERSO / NI UN BLUES MÁS

CULTURAMAS la revista de información cultural en internet | 10 febrero, 2021

Los pilares de la personalidad de José Ángel García son nítidos: ética, verdad, amor y belleza. Y posee dos formas de acceso a la realidad a través de ellos: la ironía creadora y el puro lirismo. Ambas formas se ejemplifican nítidamente y por separado en el presente volumen, es decir, cada una actúa de protagonista en uno de los dos libros que lo componen. Trato de imaginar su sentimiento de un mundo que tiende a la fatuidad y a la desvergüenza mentirosa, a la entropía como derroche de estupidez, al ruido, a la fealdad y el desasosiego; un mundo que evoluciona hacia una mayor complejidad sólo en lo referente a la tecnología, pero que en lo que concierne a lo individual, a lo personal e íntimo, padece de una progresiva caída indetenible en la insignificancia, una inflexible involución, una progresiva atrofia, un acelerado aterrizaje en el encefalograma plano. Un mundo que envuelve a sus habitantes en la intrascendencia de sus vidas al tiempo que se aleja de la belleza con indiferencia y desprecio.

El volumen, No le busques cinco pies a un verso. Ni un blues más, editado en Vitruvio, como todo rostro dotado de complejidad, posee dos caras. Luz y sombra. Sorprende, de entrada, la bipolaridad de su lectura. Como si hubiera dos autores con el mismo nombre, pero con intenciones dispares. El primer libro fluye como un río laberíntico que se retuerce por una gran urbe lamiendo los umbrales de todas las formas de comunicación social, un río que en teoría comunica a todos con fórmulas inocuas de lenguaje para dotarlos de información desactivada, profundidad de trampantojo y cultura de cibernada hecha de agua fácil que busca su llanura: río donde José Ángel opera una transformación tan irónica como sutil para mostrarnos su barroquismo hueco y resonante, así como la falsa riqueza de su despilfarro. El segundo, en cambio, es un río fresco y libre de muchedumbres, que se despereza en la intimidad de cumbres nevadas o verdores tropicales donde pájaros rojos pintarrajean los ramajes, para acabar arrojándose al gozo del vuelo en cataratas límpidas como sueños donde no sería raro encontrarse con Adán y Eva e invitarlos a unas cañas.

Venía a decir Proust que la comunicación social es una pérdida de tiempo, ya que, para facilitar la pertenencia al grupo, sólo se habla de lo que todos saben, mientras se beben copas y uno se vuelve de madrugada a casa y tarda en encontrarla más de la cuenta. Y Borges, en una de sus conferencias dictadas en una famosa universidad, aseguraba que, en poesía, los temas se reducen a seis o siete, pero que infinitas son las formas de decirlos. Y lo que decía Borges es lo que les dice en verso José Ángel a los tataranietos de aquellos que frecuentaban los salones cuando Proust. Y este es, a mi modo de ver, el fundamento ético que sostiene los sorprendentes poemas del primer volumen, titulado No le busques cinco pies a un verso.

Asistimos aquí a una intervención quirúrgica tan especial como ingeniosa. De un lado tenemos, debidamente anestesiados, a los enfermos, que no son otros que las carcasas de lenguaje que adoptan dispares formas que van desde la crónica social periodística al manual de instrucciones de un electrodoméstico, pasando por el parte médico o el meteorológico, la instancia o el escrito oficial, o las noticias de sociedad que adulan la frivolidad más ridícula y que albergan un irónico eco, en el paródico estilo de José Ángel, del viejo romance de ciego.

Uno tras otro van pasando por el quirófano estos continentes de logorrea social, responsables de la banalización y el desteñimiento de los profundos requerimientos del espíritu que no son otros que aquellos seis o siete de que hablaba Borges, evitando con lo refractario del lenguaje envolvente su asistencia a la fiesta social y que se muestren en su desnudez, en su peligro vital, con su grito en petición de atención al hombre verdadero que vive en lo recóndito y profundo, y en ellos opera José Ángel una modificación tan irónica como inteligente y, sobre todo, eficaz, valiéndose de un caballo de Troya: el vaciamiento o evisceración de cada uno de ellos y el trasplante o cambiazo de los mismos por contenidos importantes, poéticos, vitales, capaces de generar lo que los otros detestan: la higiénica y tan necesaria armonía entre lo personal y lo social, entre lo bello y lo humano, entre poesía y verdadero hombre.

El efecto no se hace esperar, crece con cada poema leído: en la vaciedad social tan deseada por los albañiles del sistema se abre paso el auténtico hombre, aquí representado por el poeta, recitando, o haciendo magia. El manierismo de periódico da paso al contenido hace tanto tiempo deportado, que, adoptando la torpeza del diseño de la carcasa, muestra lo que el bicho era: una estratagema que volvía paralítica la belleza y le robaba la agilidad con tan adulterado lenguaje, la emoción de existir como ser original. Digamos que, mostrando lo que las características del continente le roban, se hace evidente la riqueza y la profundidad de lo robado. Y se ve, vestida con modestia, tímida y sonriendo, aparecer a la belleza en el vestíbulo.

Todo cambia en el segundo libro, que lleva por título Ni un blues más. Aquí todo se vuelve libre, veraz, íntimo. El poeta habla a su amada con diversas emociones, describe con metáforas el decurso de su vida, o reflexiona acerca de los misterios del poema, o piensa con nostalgia en el tiempo que transporta los recuerdos y los deseos futuros mientras huye de nuestra felicidad. El agua canta como un pájaro, el pájaro se abrasa en el sol. El poeta escribe versos como estos: «de consuno con la / mirada / sueña la memoria el mundo»; «el tiempo es / esta tarde / un cazador / que ha caído / en / su / propia trampa»; o los impresionantes: «todo es siempre / para / siempre»; «allá donde la palabra es / silencio / reside / la elocuencia»; «no expliques lo que está / descubre / lo que falta»; o este otro entre sombras: «nada como una máscara para / traicionar / la intimidad»; o mi preferido: «nadie sabe qué noche / oculta el gato en su huida».

A diferencia de las espirales vagabundas del primer libro, este otro es directo, veloz, certero al dar en la diana. Emoción veloz y nítida. Decir sólo lo que se escapa del silencio. Agua que, a diferencia del primer libro, donde buscaba el reposo de la planicie por imposiciones geológicas, se precipita aquí con la emoción de la libertad por cascadas delgadas, bellas, gozosas, uniendo cielo y tierra.

No sabría yo decir qué libro me gusta más. Es, para mí, este volumen, No le busques cinco pies a un verso. Ni un blues más, un único alegato desde dos ángulos muy diferentes. Se trata de la ética y la belleza dándose la mano: el primer volumen muestra prisionera a la poesía, el segundo nace de la plena libertad. Cárcel y paraíso. Dos aspectos que, lejos de disentir, se refuerzan: lo público contra lo privado enfrentados en el lenguaje, pero unidos en defensa y a la gloria del hombre y de sus complejísimos contenidos, cosa que sin duda preocupa, y mucho, a José Ángel García. Un volumen cuyas dos caras no nos muestran a un individuo escindido, sino a otro más sólido, más fuerte y armonioso, de pie en la profundidad de espíritu de quien es todo un poeta. Léanlo y luego me dicen.

NO LE BUSQUES CINCO PIES A UN VERSO / NI UN BLUES MÁS

En la reseña que muy acertadamente publicó en FB Rafa Escobar sobre “No le busques cinco pies a un verso”, última entrega poética de José Ángel García (junto a “Ni un blues más”), se señalan las bondades de estos textos y no seré yo quien incida en lo que ya está dicho y que firmo y corroboro, si no como autor, sí como seguidor fiel y amigo. Este libro de poemas, no es un libro: son dos. Dos caras yo diría que antagónicas de una misma moneda. A la exuberancia retórica, a la gramática alambicada de “No le busques…”, le sigue la sencillez (que no simplicidad), la claridad y la rotundidad cercana al hayku o al aforismo de “Ni un blues más”. ¿Con qué José Ángel quedarse? ¿Cuál, que siendo el mismo, es diferente, nos atrae más o nos agarra, no sabemos si como bipolar, esquizoide o (más probablemente), heterónimo no confesado? A los bloques contundentes de irónica expresión, no exenta (claro) de amargura; al tono quasi coloquial, cuando no burocrático, se enfrenta otra poesía leve, que señala con el dedo con la esperanza (a la inteligencia del lector se apela) de que no nos quedemos mirando el dedo. Si tengo que elegir, me quedo con “Ni un blues más”, porque veo el aire penetrando entre los versos, en una disposición espacial que forma jaulas leves en la que se encierran susurros. Y uno es de silencios y levedades ¡qué le vamos a hacer! Pero me da envidia (entiéndase) el discurso de “No le busques…”, pues paréceme que allí José Ángel ha sido más libre, no sé… ha hecho lo que le ha dado la gana, en una construcción tan aparentemente maciza, pero con tan mala leche. Libertad y poesía… Claro. Y no dejar de ser quien se es, porque (lo sabes, J.A.García) somos nosotros y el contrario que nos habita y está ahí, jodiendo por salir. Y pobre de quien no lo deje salir. ¡Ah!, se me olvidaba: y la necesidad de escribir, de vez en cuando, sobre el amor, por el amor, desde el amor. Aunque nos cueste confesarlo. 

NO LE BUSQUES CINCO PIES A UN VERSO / NI UN BLUES MÁS

Entre todos los poetas conquenses (oriundos o de voluntaria adscripción, como el caso que nos ocupa) vivos y en activo es quizá José Ángel García García el más versátil, el que tiene dentro un coro pessoano más abigarrado y diverso, multitud de otredades a las que unas veces calla y otras da voz guiado, quizá, por todo eso que en poesía tiene más que ver con la fatalidad que con la libre elección voluntaria. “No le busques cinco pies a un verso/Ni un blues más” (Vitruvio, 2020) es un libro doble que también alcanza un doble valor: síntesis de líneas temáticas y estilísticas ya presentes en capítulos previos de su obra y quizá también el instante en que aparecen de manera más afinada y redonda. Como uno de esos extraños y valiosos poemarios, que son a la vez antología y culminación de un autor.

“No busques cinco pies a un verso” es tal vez el libro más desconcertante de José Ángel. Y también oposita de manera firme a ser el más original y divertido. Lo cual requiere evitar la tentación de considerarlo un ejercicio “lúdico” de ingenio: el lector avezado sabrá intuir entre los hilos de la parodia cuánto tiene de reflexión honda sobre temas tan perturbadores como lo problemático de la identidad, la comunicación afectiva o esa pulsión instintiva pero no por ello menos tirana de la propia vida que es la escritura. 

Son muchos los recursos que utiliza el poeta para crear esa continua sensación de “descolocamiento”, de ruptura continua de las expectativas lectoras que lo convierten en un discurso reticente a clasificaciones convencionales: distancia irónica o de fría objetividad descriptiva para tratar realidades melancólicas e inquietantes (“No fue gran cosa”), planteamiento de situaciones surreales, de un corte onírico kafkiano (“Durmiendo en el envés del mundo”), reelaboración de tópicos y frases hechas, sensación de absurdo a partir del planteamiento de obviedades tras la que se adivina el acecho de algo perturbador (“La cita es a las diez, eso está claro”), omisiones de información que se convierten en grietas en las que se cuela el sinsentido (“De lo más natural”) y, con un objetivo similar, vacilaciones voluntarias sobre su propio discurso poético, uso de un léxico deliberadamente retórico, ceremonioso, que apunta a la parodia de una escritura burocrática o institucionalizada (“Tomó la decisión equivocada”) o de la deshumanización fría de lo científico y lo tecnológico (“El caso es que está muerto), lleno de contrastes sugestivos como el canto a la afectividad entre lo aséptico o anodino de un texto expositivo de tipo instruccional (“Normativa (resumida) del concurso).

Logros plenos de la fabulación más irreverente son el uso de la retórica electoralista para afrontar temas del calado de la definición del propio yo y el antagonismo entre lo intuitivo y lo cerebral (“A la hora del cierre de los sueños”), unas insólitas nupcias entre el sueño idealista y la resignación (“No cabía ni un alfiler”) o un no menos heterodoxo anuncio de prensa en que la emoción se convierte en insólita mercancía (“Alquílase sentimiento”). La reflexión sobre la escritura, presente en pinceladas y destellos en buena parte de los textos previos, se hace explícita en el magnífico “Consejos de hoy”, a modo de aviso para caminantes a los que violan la hermosa literalidad del verso en busca de interpretaciones extravagantes que lo malogran. 

“Ni un blues más” nos trae a la memoria “Plan de vuelo” y otros momentos de la obra de García marcados por el pulso de la precisión y la esencialidad, que reduce los textos a un formato minimalista, pero coincidente con el anterior en la multiplicidad de orientaciones temáticas y estilísticas que es capaz de integrar. El inicial “Catedral de silencios” muestra un singular contraste entre el barroquismo léxico y las imágenes que crean un clima de ensoñación que parece difuminar la intersección entre lo real y lo imaginado. A partir de ahí se suceden los poemas a modo de aforismo o sentencia que hibridan lo metafísico, lo existencial, lo moral o lo metaliterario a menudo con una eficacia auténticamente lapidaria (el feroz/mezquino/cruel/machaqueo/de/la rutina/lapida,/implacable,/el día a día intentando/impedir/la/aparición/de/la sorpresa), aquellos que fían (con éxito) su expresividad al logro de un imagen de alto poder sugestivo (Incómoda orografía/la/de/tu cuerpo arisco (…) en el vórtice del miedo/excava/su cubil/la histeria/(bajo algunas risas se adivina el)cortante filo de la/angustia), los que adquieren la forma de una conminación al lector a la manera de algunos de los textos “puros” de Juan Ramón (No expliques lo que está/descubre/lo que falta/(y nunca des demasiadas pistas) o al ser amado en un tono híbrido entre la apelación y la confidencia en textos que alcanzan hondura no solo en la emotividad sino en el pensamiento, afrontando el amor a lo Salinas como una aventura en que es tan pertinente lo intelectual como lo visceral (más allá de la implacable/despiadada/puñalada de tu/rabia/déjame que te diga/lo que/el amor/no es/(no tienes,/la verdad/que creerme)) o refutación de tópicos literarios (el propio “ni un blues más”, relativización de las posibilidades expresivas de la tristeza que a menudo se acepta como si fueran un dogma) a modo de reprimenda hecha con sorna de una estimulante desmitificación (nada de beatus ille, Fray Luis/pero que/nada,/nada/de nada). 

Un poemario (o dos) estupendo/s, en la punta de la jerarquía o la parte más noble de una trayectoria extensa y compleja y que aún no ha perdido su inquietud por crecer y encontrar ángulos nuevos desde los que socavar sus principios que, pasada esta situación que también es aberrante para la poesía en cuanto es parte (¿a su pesar? de la vida, merecerá presentación y la pertinencia de las felicitaciones y los abrazos.

FACEBOOK SÁBADO 22 DE AGOSTO DE 2020 

NADIE SABE QUÉ ROMA TE ATRAPARÁ

Hay ciudades eminentemente poéticas como Venecia, París, Lisboa o Praga (Nueva York, en otro registro); ciudades que al pasar al verso se despliegan en símbolo, y que incluso generan su propio – ismo, como el “venecianismo”, efímera hiperbolización del culturalismo de los años 70. En todos estos casos, la literaturización de lo urbano es hallazgo reciente de la poética, pero Roma es la excepción: la Roma literaria viene de antiguo, no es invención de viajeros románticos, decadentes centroeuropeos o novísimos poetas. La prosapia poética de Roma es ancestral, eterna casi, como su propio lema indica. Y ha sido siempre, además, una ciudad plural, extremo que José Ángel García capta perfectamente en su título, donde resuena la pregunta inaugural de du Bellay sobre las Romas que el caminante busca sin encontrarlas, y que tradujo y adaptó nuestro genial Quevedo: “Buscas en Roma a Roma, ¡oh, peregrino!, / y en Roma misma a Roma no la hallas”. Y el “atrapar” que ahí aparece puede tener un sentido positivo (erótico) como en las elegías de Goethe, encandilado por la muchachita romana que lo hizo neoclásico, o ser el riesgo ambivalente de la albertiana Roma, peligro para caminantes. Pero la Roma de José Ángel García da para mucho más, pues el título que acabo de glosar, aún siendo tan preciso, es enormemente engañoso al mismo tiempo, pues el poemario no trata exactamente de Roma. Haciendo bueno el viejo adagio de que todos los caminos conducen a Roma, en el libro todos los itinerarios conducen finalmente al poema que lo cierra, y que es de los pocos que tienen a la Ciudad Eterna como escenario. Utilizo el término “itinerarios” como nombre común, pero también como el nombre propio del libro de José Ángel García de 2008 con el que este hace pareja. Ambos versan sobre el viaje poético o la poética del viaje, o del viaje como pretexto para la poesía, o de la vida como pretexto para el viaje y la poesía, que de todo hay en ambos poemarios. Aquí encontramos parajes lejanos como Cachemira, pero también la contemplación de lo que tenemos a mano como la hoz de Cuenca. Porque la distancia no viene marcada por el espacio sino por la memoria, de manera que el libro es un viaje en el tiempo más que en el espacio, un deambular de la memoria que se torna trascendente en el sentido de que busca dar sentido a las vivencias concretas desde la distancia que dispone la palabra. Creo que, en realidad, esta dinámica recorre por entero la obra de José Ángel García, y que aquí se hace notar más. La idea de trascendencia, la intuición de que hay algo que supera al sujeto y le otorga sentido desde fuera la tenemos ya en el título, al que vuelvo. Hay dos alternativas lógicas para él: “Nadie sabe qué Roma le atrapará”, o “No sabes qué Roma te atrapará”, pero el hecho de mezclar ambas posibilidades en una sola solución sintáctica híbrida supone una percepción exterior al sujeto, como si alguien lo estuviera viendo o sabiendo desde fuera. Esta sensación está presente en cada uno de los poemas del libro. Las impresiones que se recogen, aunque en ocasiones muy detalladas, remiten siempre a un más allá del sentido. Por ejemplo, en el poema inicial la visión de unos patos en el río otoñal señala la ausencia de la amada, o la epifanía recibida en “Lago Dal” (17-18), poemas que podríamos considerar como haikus extendidos, por su poder de sugerencia. También la vivencia histórica se encuentra trascendida en “Cine de barrio” (15) y solo cobra su entera dimensión desde el ahora de la evocación. En definitiva, se trata de fijar un tiempo que fluye: “Fue allá, en Cachemira, / en aquellos tiernos años / en los que el tiempo / buscaba hacerse nido / persiguiendo en / lo fugaz / lo eterno” (16). La metáfora que guía toda esta primera parte y que le da título: “pez en fuga”, se despliega en los versos en figuras de animales que huyen, vuelan o resbalan. La animalización de la vivencia nos habla no solo de la nostalgia de un mundo personal perdido sino también de una añoranza mucho más radical por lo adánico y primigenio. Sobre la segunda parte (“Estación en curva”) planea otra metáfora de signo contrario, la del viaje urbano, que arranca con un poema-aviso, una advertencia que contrasta con la inocencia de la parte anterior. Parafraseando a Blake, hemos pasado de los cantos de inocencia a los cantos de experiencia. En esta parte, lo elegiaco se tinta de dolor y desencuentro (“Sotto la pioggia”), porque al ansia de comunión la ha sustituido la conciencia de la distancia y de la imposibilidad de un rescate, aunque sea solo simbólico, como indica el resignado “Es un hecho”, o la afirmación del desencanto con que se cierra esta sección: “Nunca dejes de creer, pero / tampoco, / creas nunca / demasiado” (30). La última parte, que da título al libro, es la más explícitamente viajera y recupera el espíritu de comunión cósmica que regía la primera, haciendo hincapié en lo inefable y lo incognoscible de esa experiencia de lo trascendente que no obstante intuimos con toda su fuerza: “Imposible de descifrar, / tiende tu mirada puentes de misterio y sueño / entre la nada y el todo” (34). Los referentes han pasado de ser animales a ser matéricos: la arena del desierto, las rocas de la hoz de Cuenca, el agua del Generalife o de Venecia. El descenso a la materia, la forma radical y pétrea del existir, se ve velada por una niebla atmosférica o espiritual, como la del ensueño que apunta hacia el lugar del verso. El espacio entrevisto del poema (por entre el agua, los reflejos o en la abstracción del atardecer) es fruto del juego de la palabra poética que a la vez vela y desvela, o vela para desvelar. A la roca viva del ser, la arquitectura fundante del existir solo se accede a través de la bruma verbal, que da más claridad a lo que adivinamos. Por eso cuando el libro se cierra con la expresión “nadie sabe” que había servido de inicio en el título hemos cerrado un ciclo, en que lo negativo juega a afirmarse, pues el poema reitera tres veces “nadie sabe” como un sortilegio, como si el poeta eligiera la exacta fórmula que conjura la nostálgica presencia de quien sí sabe o debe saber y está detrás de las palabras y la realidad en su presencia absoluta, de ese imposible yo que, como Ulises, puede decir “nadie” y así salvarse. 

(sábado, 13 de mayo de 2017)

POESÍA OLCADES

NADIE SABE QUÉ ROMA TE ATRAPARÁ

Cada nuevo libro de José Ángel García es un regalo para los sentidos, puesto que sus versos se dirigen, de manera irresistible hacia aquellos puntos más recónditos donde el lector alberga los sentimientos que pueden resultar conmovidos por el devenir cadencioso de unas palabras que se imaginan buscadas tenazmente, engarzadas de manera premiosa, procurando que cada una de ellas transmita de manera voluptuosa el ánimo del poeta al afrontar la escritura que nunca es fútil, nunca resulta innecesaria o banal, sino que ofrece un espléndido entramado emocional en lo que viene a ser una suerte originalísima de viaje a través del tiempo y el espacio. Porque aunque el destino final sea la Roma que figura en el título, en realidad este rosario poético nos traslada a través de diversos lugares, unos mencionados de manera explícita -la calle Narváez, el parque del Retiro, Cachemira, París, la Postdammer Platz- , otros solo insinuados o ni siquiera eso, porque el poema recoge solo un latido, una impresión momentánea, algo captado en un momento quizá fugaz pero con la perennidad suficiente para quedar recogido en unas palabras que, en su brevedad, transmiten más sensaciones que un capítulo completo de un libro de viajes.

Pero como puede resultar evidente, la intención del escritor no es ofrecer, aún en verso, un relato estrictamente viajero, sino utilizando como pretexto esas leves referencias geográficas o urbanísticas, penetrar en el trasunto más íntimo del alma humana, a la búsqueda de esas emociones que pudieron, efectivamente, ser vividas en aquellos lugares concretos pero que igualmente hubieran tenido cabida en cualquier otro escenario. De esa manera, el libro deviene en un apasionado interludio por donde transitan los temblores y las palpitaciones de alguien que es profundamente emotivo, capaz de reaccionar con sinceridad a estímulos de unos recuerdos que fueron forjando al cabo un itinerario absolutamente personal y a cuyo amparo van tomando forma los elementos vitales que estructuran el pensamiento del poeta.

Negro nos mostró su lomo el río en tanto que el tiempo,

pez en fuga,

se nos iba escurriendo entre los dedos,

inatrapable,

viva imagen del también ser mercurial

que todo amor

                                   es.

El amor es, justamente, el hilo conductor del libro; un amor que oscila impetuoso desde momentos de intensidad lírica inmaterial hasta versos que rozan la expresión erótica, aunque sin penetrar abiertamente en ella, dejándola como insinuada, como igualmente se deslizan momentos de cierto pesimismo alimentados por el sentimiento del tiempo ido, cuya fugacidad siempre forma parte de los más amargos momentos de tantas expresiones literarias –“estación en curva es la vida” y en ese giro, dice José Ángel García, habrá que tener mucho cuidado para no introducir el pie de cada día en un obstáculo inadecuado-, de la misma manera que los versos se dejan llevar al socaire del leve temblor de unas briznas de aire tornadizo que no permiten la fijación de ideas inalterables.

La lectura del libro produce un sosegado placer al compás de la sucesión de palabras que no surgen con la tosquedad del escritor espontáneo sino desde la cuidada elaboración, en forma de sistemático y concienzudo trabajo, en busca de la más oportuna para cada verso concreto. Hay en este puntilloso manejo del idioma, a través de vocablos cargados de vértigo expresivo, un valor en alza, que el escritor viene cultivando desde sus primeros trabajos pero que en este caso alcanza un nivel ciertamente admirable. Son versos que nos acompañan sutilmente, página a página, abriendo en cada una de ellas una perspectiva nueva con la que llegamos de manera sosegada para encontrar el estallido final, allí donde, por fin, aparece la Roma insinuada desde el título y que viene a ser un nuevo juego de incitaciones, el último de todos:

Nadie sabe qué Roma te atrapará mañana ni

qué mano

estrechará la tuya.

No; nadie lo sabe.

            Nadie sabe.

Que viene a ser, en su extrema y sintética brevedad, una declaración abierta de la expresa voluntad del escritor a la búsqueda del término justo y la emoción conmovedora que late en el alma humana.

OLCADES EL PORTAL DE LAS LETRAS DE CUENCA (10-10-2017)

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