DIOS.
Publicado en El Día de Cuenca, el 26 de agosto de 2003

La jornada había transcurrido como tantas y tantas – ni mejor ni peor – de los últimos tiempos, pero cuando llegó a casa, cerró tras de sí la puerta, penetró en el ominoso silencio del salón y, tras quitarse la chaqueta, se dejó caer en el sofá frente al televisor, la pequeña opresión en el pecho y el sabor levemente amargo de la saliva al fondo de la garganta que imperceptible pero continuadamente le habían venido acompañando a largo de toda la tarde acentuaron su presencia y los que en principio había tomado tan sólo por síntomas de su por esos días tan habitual sensación indefinida de cansancio se tornaron de pronto desatada marea de angustia. Y descubrió cómo, sin causa concreta alguna que parezca justificarlo, hay días que la tristeza te va creciendo a bajo piel, a dentro alma, como una hierba maligna que poco a poco te va emponzoñando la sangre hasta trastocar en dolor, desesperación y aroma a muerte su misma esencia de vida.

De repente – no la había sentido aproximarse – notó a su lado la presencia silenciosa de su perra que cuidadosa, diríase que delicadamente, fue acortando la mínima distancia que aún les separaba. No le olisqueó cual otras veces; se limitó a permanecer quieta, pegada a él, el calor de su cuerpo claramente perceptible a través de la tela el pantalón. Después, como en una escena a cámara lenta, acercó la cabeza hasta apoyarla en sus rodillas. El hombre bajó la mirada para encontrar otra anhelante alzada a su encuentro. Instintivamente alargó la mano para la caricia pero no llegó a concluir la acción; el desánimo la hizo caer, sin llegar a alcanzar su objetivo, sobre la colchoneta. Fue entonces cuando el animal, siempre despacio, alzó su pata izquierda hasta colocar la almohadillada aunque áspera pezuña sobre los abandonados dedos de su amo.

Ni uno ni otra se movieron en un buen rato. Nada parecía hacerlo tampoco. Gradualmente fue sintiendo disminuir la presión en el pecho, desaparecer el gusto acerbo de la saliva en la boca. Un observador atento quizá hubiera percibido la mínima lágrima que le resbaló mejilla abajo. Fue cuando comprendió que hay ocasiones en las que Dios marcha a cuatro patas, menea la cola y tiene húmedo el hocico.







AÑO NUEVO.
Publicado en Las Noticias de Cuenca, semana del 3 al 9 de enero de 2014

Adiós, 2013. Hola, 2014… Frío, húmedo y desapacible, hacía ya un buen rato que el nuevo año estrenara su primera mañana y la, aún cuando grisácea, creciente claridad que le llegaba a través del cristal del cubículo le animó a, en tanto iba asentándose la jornada, reanudar la interrumpida lectura del periódico del día anterior, lo que de paso le llevó a recordar, mientras lo rescataba del desfondado bolsillo del chaquetón, cómo tanto ese diario como el resto de sus colegas faltarían en la fecha, como en Navidad, a su habitual cita con los quioscos siguiendo la mantenida tradición del gremio. Deshizo el cuádruple plegado que le había permitido ponerlo a buen recaudo y hete aquí que, al desplegarlo, lo primero que le saltó a la vista, qué cosas, ¿no?, fue una explícita referencia a la recién estrenada anualidad mediante un encabezamiento de página (era, se fijó, la primera de las que el rotativo dedicaba a la economía) cuya llamativa negrita, -“2004: salarios a la baja, precios al alza”- complementaba de seguido un más preciso subtítulo: “El cerco sobre el poder adquisitivo de los ciudadanos se estrecha, en un contexto de moderación de los sueldos y subida de impuestos al margen del IPC”, preámbulo de un texto que, según fue comprobando, iba desgranando toda una serie de poco halagüeñas expectativas para el común de sus compatriotas. Su progresivo repaso sin embargo, en vez marcar en su rostro signo alguno de pesar o siquiera preocupación, fue haciendo aparecer en sus labios una sonrisa, aún cuando singularmente extraña, cuya oculta razón seguro que nadie – si es que alguien la hubiera visto – habría podido llegar a descubrir. Porque seguro que a nadie se le hubiera ocurrido sospechar siquiera que esa sonrisa fuese el fruto del encadenado razonamiento que, paso a paso, le había ido llevado a congratularse de no tener que preocuparse ya ni de bajadas salariales, ni de alzas de precios de la luz o del transporte, ni de pago alguno de impuestos, ni siquiera de cobros de prestación ninguna por paro. No, desde luego que no. Nadie, si es que alguien hubiera pasado en ese instante ante el acristalado recinto del cajero automático donde el hombre había pasado refugiado la noche, habría sospechado las razones ni de esa sonrisa ni de la casi carcajada muda en la que llegó a convertirse al tiempo que alzaba ante él, en inequívoco gesto de brindis, el cartón de vinazo que hasta hacía un momento reposaba a su costado para, a continuación, apurar su contenido de un último trago.







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